Regresé a casa después de 10 años con el hijo que intentaron borrar de mi vida.

—Los leí —dijo ella.

Me senté a su lado.

El columpio crujió bajo nosotros.

Durante años, me dije a mí misma que no leerlos los hacía menos reales. —Pasó el pulgar por el borde de la primera página—. Pero eran reales. Cada palabra era real.

Miré hacia la calle.

Los niños pasaban en bicicleta frente a la casa. Un perro ladraba en algún lugar. Las hojas de arce se mecían con la brisa.

—Solía ​​imaginarte leyéndolos —dije—. Te imaginaba llorando y llamándome. Me imaginaba a papá conduciendo toda la noche