En ese instante, todos mis recuerdos se volvieron sospechosos: su prisa por casarse, su repentino interés en mis cuentas, sus preguntas “inocentes” sobre documentos legales.
Me sequé las lágrimas, respiré hondo y tomé una decisión. No iba a huir ni a armar un escándalo entre bastidores. Iba a caminar hacia el altar como estaba previsto. Quería que todos supieran la verdad.
Cuando empezó la música, di un paso al frente con paso seguro. Vi sonreír a Javier, seguro de que todo estaba bajo control. El juez comenzó su discurso habitual.