a comportar. Pero no. Entró tarde, como siempre, con su esposa Paola detrás y su hijo Mateo corriendo entre las mesas como trompo descompuesto.
—Mira nada más, la festejada —dijo Ricardo, dándome una palmada en la espalda—. Treinta años y todavía gastando como si no tuviera responsabilidades.
Lo dijo riéndose. Como siempre. Como si cada puñalada disfrazada de broma dejara de doler por el simple hecho de venir envuelta en una sonrisa.
Mateo, de diez años, iba de un lado a otro tocándolo todo. Un adorno por aquí, una servilleta