mandé al abogado para anexarlas al expediente. Después llamé a Ricardo.
—¿Sabías que tu hijo tomó un camión solo para venir a verme? —pregunté en cuanto contestó.
Silencio.
Le conté todo: la caja, el adorno, las cartas, la confesión.
Cuando hablé del dibujo, su voz se quebró por primera vez en mi vida.
—Yo… yo no pensé que de verdad lo iba a hacer —murmuró.
—No. Solo le enseñaste que herir a alguien puede ser divertido si te ganas un premio.
Ricardo tardó varios segundos en responder.
—Voy a buscar