no debía sentirme mal si te lo merecías.
Sentí una mezcla de furia y tristeza tan grande que tuve que sentarme.
Llamé a Paola de inmediato. Llegó veinte minutos después, furiosa, despeinada y más preocupada por el escándalo que por el hecho de que su hijo había cruzado media ciudad solo para decir la verdad. Se llevó a Mateo del brazo, pero antes de salir el niño se soltó apenas un segundo y me dijo:
—Tú tenías razón. Ellos necesitan ayuda.
Esa misma noche escaneé las cartas y se las