él consideraba correcta. Y mis papás, aunque a veces murmuraban un “ya, Ricardo”, jamás lo frenaban de verdad.
Aquella noche noté algo peor.
Cada vez que yo me alejaba unos pasos para saludar a alguien, Ricardo se inclinaba hacia Mateo y le susurraba cosas al oído. El niño volteaba a verme, asentía y sonreía como si le hubieran dado una misión secreta. La tercera vez que lo vi, fui directo a su mesa.
—Ricardo, ya basta. Solo quiero una noche tranquila.
—Ay, Valeria, no exageres —contestó, con esa cara de