plato.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Qué pasa, Alejandro? —preguntó mi madre.
No respondí.
Me levanté y caminé hacia la entrada.
En la banqueta había un niño de unos 7 años cantando junto a una pequeña bocina. Frente a él había un vaso de plástico con algunas monedas y billetes de 20 pesos.
Pero yo apenas podía mirar el dinero.
Escuchaba aquella canción.
La había escrito yo.
Trece años antes.
Cuando no tenía empresas, camionetas ni una casa en Lomas de Chapultepec.
Cuando vivía en un departamento diminuto