no significa que tengamos que fingir que nunca se rompieron.
Nunca volví a preguntarle.
Semanas después estaba afuera de su local ayudando a Mateo con una guitarra barata.
Intentaba tocar aquella misma canción que lo había llevado hasta mí.
Se equivocó.
—Si sigues tocando así, van a cerrar todos los negocios de la cuadra.
Se rio.
Volvió a intentarlo.
Otra nota equivocada.
Entonces levantó la cabeza y, sin pensarlo, preguntó:
—Papá, ¿cómo era esta parte?
Todo se quedó quieto.
Mateo abrió los ojos, consciente de lo que acababa de decir.