joven. Era simplemente George. Una tarde, sentados en el patio, le confesé mis dudas: la diferencia de edad, lo que diría la gente. Ella respondió con una frase que derribó mis últimas defensas: “Si mañana perdieras cada dólar que tienes, yo vendría igual al día siguiente.”
Una segunda oportunidad real
En mi cumpleaños número setenta y cinco, después de una pequeña cena familiar, saqué un anillo del bolsillo. No me arrodillé, mis rodillas ya no están para heroísmos. Le tomé la mano y le dije que no podía prometerle cincuenta