esto antes de morir… entonces hay algo que no queremos encontrar con el bisturí.
Cubrieron el cuerpo con una sábana blanca. Se sentaron en las sillas de plástico del rincón. Nadie habló. El reloj marcaba los segundos con una lentitud insoportable.
A las 12:15, el teléfono de la morgue sonó. Fonseca contestó. Era la madre superiora del Convento de Santa Clara.
—Doctor Fonseca —dijo la mujer, con la voz temblorosa—, necesito que me diga algo. ¿Ya realizó la autopsia?
—No, madre. Estamos esperando.
Hubo un silencio al otro lado