marcó las 2:00 de la madrugada. Las dos horas habían pasado.
Y desde la morgue, a kilómetros de distancia, Camilo recibió una llamada. Era el guardia de seguridad.
—Doctor… el cuerpo… la monja…
—¿Qué pasa? —preguntó Camilo, con la voz temblorosa.
—Está respirando.
Fonseca cerró el diario.
Miró a la madre superiora. —El pacto se rompió.
Y debajo de sus pies, el latido se hizo más fuerte. Más rápido. Como si algo estuviera despertando.
Porque a veces, los milagros no son lo que parecen. Y a veces, lo que