noches yo todavía le hablaba.
Puse las fotos en la mesita.
Luego me senté en la cama y escuché.
Había sonidos.
Una tubería.
Un vecino moviendo una silla.
Un coche pasando afuera.
Y en la otra habitación, Caterina llorando bajito.
No fui enseguida.
A veces, la juventud necesita llorar sin testigos.
Pero después de un rato, me levanté.
Caminé hasta el sofá.
Ella estaba sentada con la cabeza entre las manos.
—Abuela, ¿y si no puedo?
Me senté a su lado.
Mis rodillas protestaron, pero mi corazón no.
—Entonces pediremos