ayuda.
—No quiero fallarte.
—Ya no me estás fallando.
—Pero no sé cocinar bien. No sé de medicinas como mamá. No sé si el dinero va a alcanzar. No sé si voy a poder trabajar y estar contigo.
Le tomé la mano.
—Caterina, escuchar bien esto también es cumplir una promesa: no tienes que salvarme tú sola.
Ella me miró como si esas palabras le pesaran menos que todas las que llevaba dentro.
A la mañana siguiente, Marta llegó temprano.
Tocó la puerta con suavidad.
Cuando Caterina abrió, se quedaron