La Nieta Que Llegó Tarde, Pero Aún Pudo Devolverle La Vida

mirándose.

Ninguna dijo nada al principio.

Yo estaba sentada en la mesa, tomando café con leche.

Marta entró despacio.

Tenía la misma cara cansada de un año antes.

Pero esta vez traía vergüenza.

Eso se nota.

Una madre reconoce la vergüenza en sus hijos igual que reconoce la fiebre.

—Mamá —dijo.

—Ven aquí, hija.

Se acercó.

Yo abrí los brazos.

Marta se agachó y me abrazó como cuando era pequeña.

Lloró contra mi hombro.

—Perdóname.

Otra vez esa palabra.

Perdón.

Como si el amor se midiera solo por lo que