que limpian algo, aunque duelan.
Ese día no resolvimos la vida.
La vida no se resuelve en una mañana.
Pero hicimos una lista.
Marta vendría tres tardes por semana.
Caterina organizaría sus horarios.
Una vecina, Pilar, pasaría algunas mañanas a verme un rato porque trabajaba desde casa y decía que le gustaba escuchar historias antiguas.
Yo acepté llevar un cuaderno con mis medicinas.
Y prometí no fingir que estaba bien cuando no lo estuviera.
Eso fue lo más difícil.
Las personas mayores mentimos mucho con esa frase.
“Estoy bien.”
La