casa.
Había mañanas en que me dolían las piernas y no quería levantarme.
También hubo discusiones.
Pequeñas, pero reales.
Un día Caterina dejó las compras sobre la mesa y se puso a llorar porque se le había olvidado comprar mis galletas sin azúcar.
Yo me reí.
No de ella.
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De la vida.
—Mi niña, no me trajiste veneno. Solo se te olvidaron unas galletas.
Ella se enfadó.
—Para ti todo parece pequeño.
—Porque he vivido mucho —le dije—. Y te aseguro que las galletas no