contaba cosas de mi juventud.
Ella decía que yo hablaba como si cada recuerdo tuviera una ventana.
Un día me preguntó por la bufanda azul.
Le conté que Caterina la había tejido de niña.
Pilar sonrió.
—Pues debería enseñarnos.
Así empezó todo.
Primero fue una tarde.
Luego dos.
Después vinieron dos vecinas más.
Una quería aprender a tejer.
Otra decía que solo venía por el café, pero siempre se quedaba hasta el final.
Caterina llegaba del trabajo y encontraba la mesa llena de lana, tazas y risas.
—Abuela, tienes más