que me senté a su lado.
A veces, acompañar es no arreglar nada.
Es quedarse.
Desde entonces, volvimos una vez al mes.
Caterina me llevaba.
Marta venía cuando podía.
Pilar se apuntó después.
Llevábamos bufandas, galletas, cartas, dibujos de niños del barrio y, sobre todo, tiempo.
Tiempo de verdad.
Tiempo sin mirar el reloj cada minuto.
Una tarde, al salir de la residencia, Caterina me dijo:
—Abuela, creo que tu promesa era más grande de lo que pensaba.
—¿Cuál promesa?
—La mía. La de ir por ti.
Me quedé pensando.