La Nieta Que Llegó Tarde, Pero Aún Pudo Devolverle La Vida

la diste.

—Pero no tenemos mucho.

—Tenemos mesa.

—Es pequeña.

—Pero cabemos.

Sonrió.

Luego se quedó en silencio.

Yo también.

Y en ese silencio entendí algo que no había sabido decir antes.

Yo no necesitaba que Caterina renunciara a su juventud.

No necesitaba que Marta viviera con culpa.

No necesitaba que nadie me tratara como si fuera de cristal.

Solo necesitaba un sitio donde mi nombre no se perdiera.

Un lugar donde, si tardaba en levantarme, alguien llamara a la puerta.

Un lugar donde mi silla no estuviera vacía sin