que nadie lo notara.
Pasaron los años de una forma tranquila.
No perfecta.
Tranquila.
Caterina siguió trabajando.
Después estudió por las noches.
Marta aprendió a venir sin pedir perdón cada cinco minutos.
Pilar se convirtió en familia sin tener nuestra sangre.
Y yo seguí tejiendo.
Bufandas torcidas.
Bufandas suaves.
Bufandas para gente que esperaba.
Un día, Don Julián murió.
La residencia nos llamó porque él había pedido que avisaran a “la señora de la bufanda”.
Fui con Caterina.
En su mesita estaba la bufanda gris, doblada con cuidado.
No lloré