La Nieta Que Llegó Tarde, Pero Aún Pudo Devolverle La Vida

allí.

Lloré al llegar a casa.

Caterina me abrazó en la cocina.

—Le hiciste compañía, abuela.

—No la suficiente.

—La suficiente para que te recordara.

Y eso, pensé, tal vez era mucho.

Ahora tengo ochenta y dos años.

Camino más despacio.

A veces olvido dónde dejé las gafas.

A veces Caterina me regaña porque escondo caramelos en los bolsillos.

Marta sigue diciendo que soy terca.

Y yo sigo diciendo que la terquedad me ha traído hasta aquí.

La maleta marrón ya no está junto a la puerta.

Está encima del