estómago se cerró.
—¿Por qué el suéter?
Valeria tardó en responder.
—Porque él quería que alguien la viera usándolo.
Comprendí de inmediato.
Si algún vecino preguntaba por Valeria, podían decir que se había ido voluntariamente y que antes había regalado o prestado cosas.
Pequeños detalles.
Pequeñas mentiras.
Nada espectacular.
Eso era precisamente lo aterrador.
No había un plan perfecto.
Había una sucesión de decisiones cobardes que cada día se volvían más difíciles de deshacer.
—¿Por qué no gritaste cuando llegué?
Valeria me miró.
—Sí grité.
Sentí que me faltaba aire.