pasillo.
Decía que era por ella.
Era mentira.
Era por mí.
Aquella noche entré a su habitación con una libreta.
—Quiero preguntarte algo.
Valeria miró la libreta.
—No.
—Solo necesito aclarar…
—No.
Me quedé quieta.
—Quiero entender.
—No quieres entender, mamá. Quieres reconstruirlo.
Me dolió.
—Es lo que sé hacer.
—Pues deja de hacerlo conmigo.
Guardé silencio.
Ella respiró hondo.
—Cada vez que me preguntas qué pasó después, siento que tengo que volver ahí para darte una respuesta correcta.
Cerré la libreta.
—Perdón.
—No necesito que encuentres otra prueba.
—Entonces, ¿