quebró entre sus dedos.
Y entonces, solo en aquel departamento silencioso, susurró:
—Nunca aprendí a cuidar las flores.
Se sentó frente a la ventana y lloró.
No porque Mariana fuera feliz con otro hombre.
Ni porque hubiera perdido una fortuna.
Lloró porque finalmente entendió que había tenido el amor verdadero frente a sus ojos durante tres años y lo había tratado como si no valiera nada.
Mariana no necesitó destruirlo para encontrar justicia.
Le bastó con dejar de sostener una vida que él mismo estaba destruyendo.
Y mientras ella comenzaba