para florecer. Solamente necesita dejar de crecer en un lugar donde nadie la cuida”.
Alejandro permaneció mirando la pantalla.
Después levantó los ojos hacia la ventana de su cocina.
Sobre el pequeño mueble había una maceta.
Meses atrás había comprado una planta parecida a la de Mariana.
Quería demostrar, quizá para sí mismo, que también podía cuidar algo.
Pero entre el trabajo, las preocupaciones y las visitas a su padre enfermo, había olvidado regarla.
Las hojas estaban amarillas.
La tierra se había endurecido.
Alejandro tocó una de las ramas.
Se