En mi graduación, mientras todos brindaban por mi hermana, oí a mi padre reírse: «A ver si ahora encuentra algo que se le dé de verdad bien». Yo seguía con la toga puesta mientras la sala aplaudía. No lloré: salí y compré un billete de ida a Barcelona. Años después, mi hermana apareció con un historial médico: los 15.000 € jamás fueron para su operación.

contra la que Lucía siempre debía perder.

—Yo también participé —admitió una tarde.

—No eras tú quien hacía las comparaciones.

—Pero me acostumbré a que me beneficiaran.

Lucía no respondió enseguida.

—Éramos niñas, Clara.

Fue la primera vez que una de las 2 pronunció una frase capaz de separar la culpa de la responsabilidad.

El problema era que sus padres todavía no habían terminado.

Clara había sido enviada a Barcelona porque la situación financiera en casa era crítica. Sus padres pensaban que Lucía llevaba una vida sencilla y quizá tenía