percibía presión, tensión; la aterradora sensación de un cuerpo que actúa de forma independiente al cerebro.
—He dicho que me mires.
Lo hizo.
—Respira.
—Sé cómo respirar.
—Entonces demuéstralo.
Inhaló.
Lentamente.
Otro espasmo.
Nora estabilizó sus piernas, con cuidado de no forzarlas.
—Otra vez.
Respiró.
Pasaron los minutos.
Con el tiempo, los movimientos violentos perdieron intensidad.
Vincent se dejó caer contra el respaldo, empapado en sudor.
Nora permaneció arrodillada.
Él se cubrió el rostro.
—Odio esto.
Ella esperó.
—Odio tener que depender de alguien cada maldito día.
Su voz se