Una mañana mi esposa desapareció, dejándome solo con cuatro hijos pequeños y una nota de suicidio. Durante años trabajé incansablemente para mantener a la familia. Cuando por fin nos establecimos, apareció en la puerta… Creía que aún tendría un lugar en nuestras vidas, pero lo que encontró tras esa puerta fue mucho más doloroso de lo que jamás hubiera imaginado.

La llevé a desayunar y hablamos de todo lo que se había perdido por sentirse responsable de sus hermanos: tardes con amigas, actividades escolares y momentos en que necesitaba simplemente comportarse como una niña.

Le expliqué que agradecía su ayuda, pero que cuidar a sus hermanos nunca debió convertirse en su obligación principal.

A partir de entonces reorganizamos algunas tareas. Contraté apoyo ocasional cuando el trabajo lo permitía y pedí a Jimena que escogiera actividades que realmente disfrutara.

Se apuntó a un taller de dibujo.

El primer día regresó con