se marchó porque ella no ayudaba lo suficiente con sus hermanos.
Aquellas palabras me dolieron profundamente. Desde que cumplió once años, Jimena había empezado a comportarse como una segunda adulta en casa. Preparaba meriendas, vigilaba los deberes y trataba de ocultarme sus preocupaciones.
Yo agradecía su ayuda sin comprender cuánto peso estaba cargando.
Le pedí perdón por no haberlo advertido antes.
Al día siguiente hablamos con Matías y los gemelos. No les impusimos una reunión familiar ni les exigimos decidir inmediatamente. Les explicamos que Rebeca había regresado y que buscábamos