una idea extraordinaria —dijo.
Ella sonrió apenas.
—Llevo años pensando en ella.
Caleb sintió el golpe de aquella frase.
Durante tanto tiempo había hablado de sus propias ideas que nunca había preguntado por las de Elora.
—¿Necesitas algún consejo técnico? —preguntó.
—Quizás más adelante.
—Está bien.
No ofreció comprar el proyecto.
No intentó dirigirlo.
Y cuando Elora lo invitó semanas después a ayudar a instalar un sistema de riego, trabajó siguiendo las decisiones de ella.
Por primera vez, Caleb entendió que apoyar a alguien no significaba convertirse en el protagonista