su respuesta.
Solo verdad.
Caleb se levantó, se sacudió las manos y recogió las herramientas.
—Voy a guardar esto antes de que empiece a llover.
Dio unos pasos, pero ella lo llamó.
—Caleb.
Él se volvió.
Elora permanecía entre los surcos, con el sol del atardecer iluminándole el rostro.
—El domingo vamos a preparar la cena para todos los que ayudaron a levantar la cooperativa.
—Lo sé. Noah me lo contó.
—Quiero que vengas.
Caleb sonrió.
—Por supuesto. Los niños me lo pedirían de todos modos.
—No —dijo ella—. Esta