vez te estoy invitando yo.
Él dejó de sonreír por un instante.
Comprendió lo que significaba.
No era una promesa de matrimonio.
Ni un perdón absoluto.
Era algo más pequeño y más verdadero: una puerta que ella había decidido abrir por voluntad propia.
—Me gustaría mucho —respondió.
Elora asintió.
Y volvió a sus plantas.
Caleb caminó hacia el cobertizo con una emoción serena que jamás había sentido en las salas de juntas.
Aquella noche, Noah, Oliver y Lily corrieron hacia él antes de que se marchara.
—¡Papá! —gritaron los tres.