en la manga.
Sonrió.
Dos años atrás habría considerado aquella ropa arruinada.
Ahora no habría cambiado esas manchas por el traje más caro del mundo.
Porque Caleb Whitfield había pasado media vida buscando la fortuna.
Había viajado en aviones privados, firmado acuerdos millonarios y visto su nombre impreso en portadas.
Pero la riqueza que terminó transformándolo no llegó con un contrato.
Lo esperaba en una vieja granja, en tres pares de botas infantiles y en una mujer que nunca dejó de creer en el valor de la tierra, aunque hubiera