cuatro meses después en una ceremonia pequeña, con veintiocho invitados.
Mi madre y mi padre recibieron sus invitaciones.
Ninguno respondió.
Recuerdo haber revisado mi celular varias veces aquella mañana, esperando un mensaje que nunca llegó.
Sergio llevaba un traje gris oscuro. Yo había elegido un vestido marfil y unos aretes prestados por doña Elena, una vecina jubilada que se había convertido en nuestra segunda madre.
Durante la recepción, el dolor obligó a Sergio a sentarse.
—Perdóname por no poder darte una boda mejor —susurró.
Me senté junto a él.
—No