Mis padres no asistieron a mi boda porque consideraban que mi esposo, un veterano que necesitaba bastón, jamás podría darme una buena vida. Durante 14 años fingieron que yo no existía. Hasta que supieron que nuestra empresa valía millones de pesos. “Ahora nos toca disfrutar de tu éxito”, anunció mi madre al llegar con tres maletas. Yo permanecí tranquila, pero una carta de mi padre cambiaría todo.

ahora tiene dinero para pagar sus tratamientos.

Sentí una punzada de rabia.

—No vuelvas a hablar de Sergio de esa manera.

Ella hizo un gesto de fastidio.

—Ay, Gabriela, eres demasiado sensible. Si el negocio salió adelante gracias a ti, tampoco tienes que fingir que él hizo todo.

Sergio bajó la mirada hacia su bastón.

Conocía aquella expresión.

No era vergüenza.

Era cansancio.

Cansancio de escuchar a personas que creían conocer toda su historia por observar cómo caminaba.

—Nuestra empresa la construimos juntos —respondí—. Sergio fue quien comenzó todo.

Mi