madre soltó una risa incrédula.
—Pues quién lo hubiera imaginado. Al final resultó útil para algo.
Mi padre murmuró:
—Patricia, basta.
Pero ella continuó.
—No entiendo por qué se ofenden tanto. Estoy reconociendo que el negocio prosperó.
Entonces Sergio habló.
—Señora Patricia, ¿puedo hacerle una pregunta?
Mi madre cruzó los brazos.
—Adelante.
—Si Gabriela y yo siguiéramos viviendo en aquella casita rentada donde empezamos, ¿habría venido a buscarnos?
Nadie respondió.
Sergio esperó.
—¿Habría venido a preguntarnos cómo estábamos? ¿A conocer nuestra vida? ¿A sentarse a tomar un café con nosotros?