pagar una vivienda pequeña, pero ya no podemos mantener el estilo de vida que llevábamos antes.
—¿Cuánto deben?
Dudó.
—Cerca de un millón ochocientos mil pesos, entre un préstamo personal y otras obligaciones. Estamos negociando los pagos.
Sentí un escalofrío.
No era una deuda insignificante.
Pero tampoco era una situación que se resolviera entregándoles las habitaciones de nuestra casa.
—¿Y por qué no me dijeron la verdad?
Mi padre miró a su esposa.
—Porque nos daba vergüenza.
Mi madre reaccionó enseguida.
—¡Porque no tenemos por qué andar contando nuestras desgracias!