La primera línea hizo que se me helara la sangre en las venas:
«Mamá, no me lo tengas en cuenta. No es culpa tuya que hayamos tardado tanto en entenderlo…»
Levanté la mirada hacia el oficial que estaba ante mí; mis ojos, anegados en lágrimas, estaban cegados por el espanto. Un joven agente, de rostro fatigado, se quitó la gorra y la apretó contra su pecho. En la penumbra de la entrada, su placa brillaba con un fulgor apagado bajo la luz mortecina de una única bombilla.
—Oficial… ¿qué ha