que me sentiría feliz —confesé.
—Poner límites no borra el dolor, Gaby.
—Yo quería que regresaran porque me extrañaban. No porque teníamos dinero.
Sergio me acarició el cabello.
—Lo sé.
Aquella noche cenamos en nuestra cocina, como tantas otras veces.
No hubo celebración.
Tampoco arrepentimiento.
Simplemente comprendí que había tomado una decisión dolorosa, pero necesaria.
Una semana después llegó una carta de mi padre.
Tres páginas escritas a mano.
Me contó que habían encontrado un departamento amueblado mientras reorganizaban sus finanzas. Estaba colaborando con un asesor para negociar sus deudas