compensación por nuestro matrimonio. Tampoco es una oportunidad para reparar lo que pasó entre nosotros.
—Lo entiendo.
—No estoy segura.
Su mandíbula se tensó.
Durante un instante reconocí al hombre que había sido mi esposo: orgulloso, impaciente, acostumbrado a conseguir lo que quería.
Pero respiró profundamente.
—Entonces explícame qué debo hacer.
Aquella pregunta me sorprendió.
No porque fuera extraordinaria.
Sino porque era la primera vez que Adrián me pedía orientación sin dar por hecho que yo acabaría obedeciéndolo.
—Empieza por entender que Leo tiene una vida —le dije—. Amigos, rutinas,