investigación y tendría que afrontar las consecuencias de sus actos.
No quería venganza.
Pero tampoco deseaba mantener una relación con ella.
La sangre podía convertirnos en hermanas.
No podía obligarme a confiar.
Una mañana de primavera, mientras preparábamos las últimas cosas para recibir a los bebés, Adrian entró en mi estudio.
Llevaba una pequeña caja de terciopelo.
Lo miré con curiosidad.
—¿Qué es eso?
—Algo que debí darte hace mucho tiempo.
Abrió la caja.
Dentro había un anillo de oro blanco con una pequeña piedra azul.
No era ostentoso.
Era