con aquella torpeza cariñosa que nunca había perdido, comprendí algo.
Durante tres años me hicieron creer que mi valor como mujer dependía de una capacidad que supuestamente no tenía.
Me convencieron de que debía sentir vergüenza.
De que ningún hombre podría quererme de verdad.
De que una familia era algo que jamás merecería.
Pero estaban equivocados desde el principio.
No porque finalmente hubiera tenido gemelos.
Sino porque nunca había sido una mujer incompleta.
Ni antes de conocer a Adrian.
Ni antes de convertirme en madre.
Ni siquiera durante aquellas noches