—Me dijiste una vez que nunca querías un diamante enorme. Que preferías un anillo sencillo porque lo importante era la persona que lo entregaba.
Evelyn recordó aquella conversación.
Habían estado sentados junto a una ventana, durante una noche de lluvia.
Adrian le había prometido que un día se arrodillaría frente a ella sin importar quién estuviera mirando.
Entonces lo había creído.
—Ahora entiendo por qué lo dejaste —dijo él.
Evelyn guardó silencio.
Adrian levantó la mirada.
Tenía los ojos enrojecidos.
—Te amé de verdad.
—Lo sé.
Aquella respuesta pareció sorprenderlo.