poderoso que la familia con la que él pretendía casarse.
Su verdadera victoria había sido marcharse cuando todavía lo amaba, porque entendió que el amor no podía exigirle renunciar a su dignidad.
Adrian creyó que la había perdido el día que descubrió quién era su padre.
Pero la verdad era mucho más sencilla: la perdió el día que olvidó quién era ella.