La mañana de mi examen, mi hermana me sujetó del brazo en el garaje y me rompió la muñeca. Mientras yo gritaba de dolor, mi padre solo dijo:

menospreciar lo que había conseguido.

—¿Cincuenta y ocho mil pesos mensuales? —murmuró.

Lorena empezó a respirar agitadamente.

—¡No es posible! ¡Yo te rompí la mano para que no pudieras escribir!

El silencio cayó sobre la sala.

Una de sus amigas dejó lentamente su copa sobre la mesa.

—¿Qué acabas de decir, Lorena?

Mi hermana abrió la boca.

Comprendió demasiado tarde lo que había confesado.

Intentó corregirse.

—Fue una manera de hablar. Ella siempre exagera.

Saqué mi celular.

—No fue una exageración. Existe una grabación de lo que me hiciste.

Mi