y los documentos importantes.
Una hora después abandoné aquella casa.
No hubo despedidas.
Tampoco hubo abrazos.
Solo escuché a mi madre llorando en la sala mientras cerraba la puerta.
Durante las semanas siguientes, mi vida cambió por completo.
Alquilé un departamento pequeño cerca del trabajo y comencé mi nueva etapa profesional.
Me acostumbré a caminar por habitaciones donde nadie gritaba mi nombre para exigirme algo.
Aprendí a desayunar sin sentir miedo.
Y recuperé poco a poco la movilidad de mi muñeca con sesiones de rehabilitación.
En el despacho mis compañeros