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Aquella confesión confirmó mis sospechas.
—¿Tú le pediste que me asustara?
—Estaba desesperada. Creía que ibas a abandonarnos cuando consiguieras ese trabajo. Yo le dije que hablara contigo, que te hiciera entender que tenías responsabilidades con la familia. No pensé que te lastimaría así.
—Pero cuando la viste esperándome en el garaje, no hiciste nada.
Mi padre no respondió.
—Y cuando me encontraste en el piso, tampoco me defendiste.
Arturo comenzó a llorar.
Nunca lo había visto hacerlo.
—Perdóname, Mariana.
Durante años había soñado con escuchar