día, ni siquiera quería hablar de hospitales.
Emily se acercó, me tomó de la mano y preguntó:
—¿Tú eres mi tía?
—Sí, cariño.
Sonrió.
—Entonces, ¿por qué tus ojos son exactamente del mismo color que los míos?
No supe qué responder.
Durante los días siguientes, la pequeña desarrolló un cariño sorprendente hacia mí. Cada vez que iba a visitarla, corría directamente a mis brazos.
Una noche, Mary incluso comentó:
—Sarah, a veces siento que Emily te conoce desde mucho antes que a mí.
Por alguna razón, aquellas palabras me asustaron.