arrancar el motor. El silencio en el interior fue inmediato, casi sofocante. Permanecí allí unos segundos, con las manos en el volante, mirando fijamente al frente.
No lloré. Todavía no.
En cambio, mi mente hizo lo que siempre hace bajo presión. Empezó a organizar, catalogar y ensamblar las piezas.
Retrocedió en el tiempo, no en largos y dramáticos destellos, sino en pequeños y precisos momentos que de repente parecían diferentes. La primera llamada sobre la boda. La vacilación cuando dije que reservaría mi vuelo. La forma en que mi padre