pasado? —mi voz se quebró en un susurro ronco, transformado en un espasmo seco. Al instante, los peores temores que pueden asaltar la mente de una madre me invadieron: un amasijo de chatarra en la autopista, la sirena aullante de una ambulancia, una colisión múltiple, la unidad de cuidados intensivos—. Ellos… los seis… ¿ha habido un accidente? ¡Dios mío, dígame la verdad, ¿quién ha muerto?!
—Señora, por favor, cálmese —el policía dio un paso al frente y me sostuvo por el codo con delicadeza, casi con un gesto filial, al